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El desierto de Atacama me deja en silencio
En un silencio estremecedor
Desde el que se eriza mi piel
Y emanan las lágrimas a borbotones
pura dicha
Ni tan siquiera puedo escribir
El lápiz y el papel, mis perennes compañeros,
También se sumergen en este
silencio sagrado
y ocupan mi olvido
he de irme
Regresar a mi casa en Chile
Isla Negra
Para poder, si acaso,
Con el ir y venir de las olas Bravíficas
Escribir unos renglones a tientas

Se me puede olvidar el móvil, la cartera, el pasaporte, se me puede olvidar la compresa. El
cuaderno y el lápiz es algo insólito su olvido. En el otoño de 2017, un 18 de abril que partí hacia
el norte de Chile, con una primera parada en la Serena y el Valle del Elqui, se me olvidó el
cuaderno. Fui ligera de equipaje, con una mochila de 6-7 kg. Mi intención era llevar uno negro,
pequeño, que me había regalado Jorge, un amigo argentino con el crucé la cordillera de los
Andes en moto, por el paso de los Libertadores a Mendoza, un mes antes. El cuaderno
desapareció por arte de magia, no lo he vuelto a ver hasta la fecha, junto a su bolígrafo blanco
y un poema de Jorge. Al contar el hecho, la gente me decía, pero Sabela cómprate uno. Yo
sabía que no, el cuaderno adecuado se me daría por el camino. Mientras no se dio escribí las
escasas notas en los pasajes de bus, en las servilletas de los bares, en las etiquetas, etc.
Estando en San Pedro de Atacama, a punto de adquirir el que la gente me echaba en cara, un
día, en la sala donde se guardan las cosas de limpieza de uso del hostal donde trabajé, ahí, en
el suelo, a mis pies, se hallaba un cuadernito bien peculiar, con hojas en limpio, poesía y
dibujos. Chiquito, del tamaño de una de mis manos. Era el ideal para el también pequeño
bolso de mano. Una bandolera verde de tela que me había traído Mario, mi hijo menor, de
París.

Se me olvidó el cuaderno porque el silencio no lo necesita. Y sí, en mi primera visita al desierto
de Atacama este silencio fue estremecedor. Estaba completamente anonadada con las vistas.
Extasiada con la luz que se desprende de su cordillera de volcanes en siesta, con las sombras
de sus valles. Fue tal el flechazo que me dejó muda. Quizá sorda también porque al principio
no escuché lo que el desierto me gritaba desde su mudez
SÉ TÚ


Y, claro, siempre me perdí en los quehaceres de la supervivencia, la comida, el abrigo, en los
quehaceres de las responsabilidades ajenas. Y me olvidé de lo que realmente soy, una viajera
que escribe, una escritora que viaja. Una poetisa. Y me diréis, tú siempre has escrito Sabela,
siempre has viajado. Sí, siempre. Y sólo ahora sé firme que este ha de ser mi medio de vida
también, el que me ha de dar de comer y abrigo.
Cómo lograrlo? No tengo ni puta idea
Como suelo decir, en el proceso se produce el milagro

_crónica de Deshilachando Banderas_